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4. Identidad Personal e Imagen Personal, ¿diferencias?

“Si pretendes darte a conocer a quien tú quieras, esfuérzate por mostrar tu identidad y valora si tu imagen y lo que proyectas es aquello que tú eres, tu identidad personal”.

Me viene a la cabeza la idea de la “brecha” que se genera o existe entre lo que yo aparento o parezco y lo que yo soy realmente. Dicho en otras palabras; “mi identidad es lo que yo soy, y mi imagen es lo que los demás dicen que yo soy”. Y muchas personas reaccionan de manera muy rebelde a la segunda parte de esta afirmación: “y mi imagen es lo que los demás dicen que yo soy”.

Todo ser humano busca de manera natural la armonía entre su yo interior y su yo exterior porque es la base de la socialización del ser humano, y esa exteriorización se produce en la gestión que hace de su imagen. Cuando esto no sale bien, hay gente que reacciona de manera muy curiosa, entre ellas culpando a los demás, echando balones fuera.

Es cierto que cada persona decide de quien va a recoger el feedback sobre su imagen y qué importancia le va a dar, pero todos tenemos a nuestro alrededor personas que elegimos y que sí nos importa cómo nos ven.

¿Qué pasa cuando averiguamos que estamos siendo interpretados por los demás, (sobre todo con aquellos que nos importan) con un resultado NO coincidente?

Si se trata de personas a las que no les hemos concedido “importancia”, seguramente nos dará igual, pero si se trata de personas que para nosotros son importantes y vinculantes, no nos gustará.

Podríamos resumir esto clasificando esas distorsiones en dos grupos:

Distorsiones provocadas estratégicamente.

Hay momentos en la vida (social, vecinal, profesional…) que es necesario transferir una determinada imagen para conseguir nuestros objetivos vitales. Se ha de calibrar muy bien en qué consiste esa distorsión y qué objetivos persigue. No estamos hablando de “falsear” con nuestra imagen nuestra identidad, sino de adecuar nuestros códigos estéticos y conductuales para poder integrarnos con éxito en un entorno deseado.

Por ejemplo:

Si mi imagen natural (espontánea) emite códigos estéticos y conductuales de mucha extroversión, cercanía, accesibilidad, mucho humor, etc… y decido trabajar en un entorno que se caracteriza por un ambiente de discreción, seriedad, rigurosidad, frialdad, distanciamiento, etc.… seguramente será necesario amoldarme a ese ambiente ajustando mis códigos de imagen naturales a los propios de ese entorno en el que quiero integrarme, lo que yo llamo “códigos de imagen adaptados”.

En este supuesto la persona vivirá esas distorsiones entre su interior y su imagen proyectada SIN “factura emocional”. Otra cosa es cuánto tiempo será capaz esa persona de mantener esa puesta en escena sin que le afecte. Por eso defiendo la importancia de “estar” (en todos los sentidos) en aquellos “sitios” donde de manera natural confluyan la mayoría de los elementos vivenciales coincidentes con el “ser” de cada uno.

Distorsiones fortuitas no controladas.

Otra cosa es que sin pretenderlo, estemos dando una imagen que no coincide con nuestra identidad personal. Aquí es donde existe lo que yo llamo la “factura emocional”. A menudo escuchamos expresiones como estas:

Si nos damos cuenta, estas frases encierran un fondo de reivindicación, incluso de frustración frente al hecho de estar siendo calificados por estar proyectando una imagen que no coincide con el sentir interior de la persona.

Hablamos de distorsiones fortuitas, aunque sería incluso en estos casos discutible, ¿por qué lo digo?, pues porque en el reproche que hay en las frases hay una “toma de conciencia” implícita, y una decisión de mantener la postura, pero volviendo al tema, este tipo de distorsiones son las que provocan mal estar en muchas personas.

Toda persona tiene una imagen personal que puede estar más o menos en coincidencia con lo que una persona es.

Nuestra identidad personal es lo que somos en un momento determinado de nuestra existencia, la imagen personal es aquello que los demás dicen que nosotros somos.

El ser humano basa su equilibrio emocional en su capacidad de socialización, y esta socialización se basa en la capacidad que éste tenga de gestionar eficazmente sus herramientas de conexión con el entorno y su imagen personal (a través del uso de sus códigos estéticos y conductuales) es el más potente.

Es decisión del ser humano usar (manejar y organizar; versatilidad) su imagen personal para conectarse con su entorno y poder conseguir así sus objetivos vivenciales (distorsiones estratégicas).

Se pueden dar distorsiones fortuitas entre lo que yo soy y lo que dice de mí mi imagen con factura emocional negativa y ahí es donde los Consultores de Imagen tenemos nuestro campo de acción.